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Semana Política / Gabriel Sánchez Andraca

Medios de difusión de la capital de la República dieron a conocer el pasado miércoles el resultado de sus últimas encuestas, que no sólo para los profanos, sino para los expertos en esa materia, como Carlos Alazraki, resultan confusos o como el mismo Alazraki dice en un artículo publicado en El Universal, subrealistas.

El diario Reforma le da al candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, el 50 por ciento de la votación; a Anaya del PAN y asociados, el 26 por ciento y a Meade, el 19 por ciento.

La Jornada habla de una encuesta en la que López Obrador está casi en empate técnico con Meade, pues al primero le da 34 por ciento de intención de voto; a Meade, el 31 por ciento y a Anaya, el 27 por ciento.

Pop Grup le da el 32 por ciento a Andrés Manuel; el 26 por ciento a Meade y a Anaya el 24 por ciento.

Finalmente, una encuesta del New York Times da a conocer el resultado de una encuesta que Alazraki califica como muy rara, afirmando que él cree que es totalmente fake, lo cual suponemos quiere decir algo así como mala o poco creíble, que da a Meade 27 por ciento de preferencias; a Andrés Manuel 26 por ciento y a Anaya, 19 por ciento.

A nosotros en lo personal las encuestas nos parecen útiles para conocer cómo van los candidatos en un momento dado, pero sin que esos resultados puedan darse como definitivos.

Desde el inicio del proceso electoral se ha venido diciendo que el señor López Obrador tiene las preferencias de los ciudadanos, y así parece por el número de militantes de todos los partidos que por convicción o por intereses personales se han adherido a su causa, pero de ninguna manera pensamos que el resultado de las consultas hechas entre los ciudadanos durante el proceso electoral puedan ser definitivas, pues en ese resultado influyen muchos otros factores, como el voto de los cientos de miles de indecisos y de quienes en el curso de las campañas cambian de opinión.

Estamos viendo cómo priistas, que supuestamente eran militantes convencidos de su partido, se pasan a las filas morenistas y hasta de funcionarios del partido tricolor, como don Paco Ramos, que se pasa con todo su equipo de la Fundación Colosio, también al lopezobradorismo.

En realidad, México está viviendo cambios políticos inusuales que hasta hace poco parecerían increíbles. Quienes no están enterados de lo que pasa en la vida interior de los partidos acusan de traidores a quienes dan el salto a otra organización política de cuyos principios se supone estaban convencidos. Pero el caso es que los partidos políticos mexicanos en general ya no tienen principios, ni programa de acción, ni nada que los distinga de los demás. Son partidos sin personalidad.

Los priistas eran liberales moderados que decían luchar por la igualdad, el respeto a los principios de la Revolución Mexicana, que durante su permanencia en el poder total de México lograron plasmar en leyes los derechos de los trabajadores, de los burócratas, de los maestros; partidarios de la educación laica y gratuita, lograron con ello impulsar la creación y el crecimiento de una clase media que ahora es la fuerza política y económica importante del país. Se impulsó la atención a la salud pública, no sólo a través de la Secretaría de Salud, sino de instituciones como el Seguro Social, el ISSSTE; se brindó apoyo a los campesinos, primero para que tuvieran la posesión legal de sus tierras y luego para que produjeran los alimentos que el pueblo necesita, en fin...

Pero “vino el remolino y nos alevantó”. Fue el remolino del neoliberalismo que trajo Carlos Salinas de Gortari y sus ‘cuates’ y que con el cuento de que nos iban a modernizar empezaron a querer cambiarlo todo, al grado de ponernos al borde del precipicio.

Los panistas eran conservadores, apegados a instituciones como la Santa Iglesia Católica, que luchaban por la educación religiosa en las escuelas oficiales; que estaban contra las leyes laborales que a raíz de la Revolución empezaron a regirnos y se mostraban enemigos de los gobiernos surgidos de la Revolución.

El PAN durante medio siglo se mantuvo como la segunda fuerza política organizada. Sus dirigentes eran por lo general abogados de prestigio, catedráticos universitarios y personas de las clases medias urbanas.

En los años 80, después de la nacionalización de la banca por José López Portillo, grupos empresariales molestos por eso quisieron fundar su propio partido, pero alguien les dijo: para qué van a fundar otro partido si ahí está el PAN. Y que se apropian de él, como si fuera una franquicia.

La Coparmex, organización de empresarios derechistas, se adueñó del partido conservador y cambió usos y costumbres de la organización hasta llevarla al poder con el presidente Vicente Fox, que era gerente de alguna distribuidora de la Coca-Cola. Con muchos trabajos y con el apoyo de ‘La Maestra’, Elba Esther Gordillo, lograron ganar el siguiente sexenio con Felipe Calderón y el PRI recobró el poder, en el sexenio siguiente, con Peña Nieto.

Todo este proceso, desde la llegada de los tecnócratas hasta nuestros días, ha sido de constante deterioro del sistema político, del sistema económico y del sistema social que habían logrado los gobiernos “revolucionarios”.

¿Qué pasó? ¿Por qué se descompuso todo? Y ¿por qué los priistas están abandonando el barco? Es algo fácil de explicar, si se tiene en cuenta que la mayor descomposición la sufrió el PRI en su interior al llegar a su dirigencia gente sin experiencia, sin oficio político, sin el conocimiento necesario para guiar al partido más grande y fuerte que fue el Revolucionario Institucional.

 

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