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Punto de Vista / Nicolás Dávila Peralta

En la última década ha resurgido el fantasma del comunismo; personas y grupos de la extrema derecha han vuelto a levantar una bandera que, en los años 60 y 70 del siglo pasado, principalmente, desataron en América Latina una cruel persecución en contra de quienes consideraba enemigos de la libertad, de la democracia y hasta enemigos de Dios: los que de una u otra manera consideraban militantes comunistas o, como ellos les llamaron, “tontos útiles” al servicio de ellos.

La preocupación de la extrema derecha estaba latente por la permanencia del régimen cubano de Fidel Castro; pero fue en 1998, cuando Hugo Chávez fue electo presidente de Venezuela cuando vieron el fantasma del comunismo en la parte continental de América.

Después de Chávez vinieron los gobiernos de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Tabaré Vázquez y Pepe Mujica en Uruguay, Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina y Daniel Ortega en Nicaragua. Los “rojos” penetrando el continente y amenazando la civilización cristiana, las libertades y la democracia, otra vez.

Al arribo de Andrés Manuel López Obrador, estos grupos vieron la amenaza comunista en el mismo Palacio Nacional. A partir de ahí, buscan recuperar el poder que perdieron en las urnas, a como dé lugar.

En México, en los años 60 y 70 del siglo XX, la lucha anticomunista la encabezaban el Yunque y sus organizaciones fachada: el FUA y el MURO, así como los Tecos y la organización internacional anticomunista a la que pertenecían; ambas organizaciones vinculadas con los grupos de extrema derecha de América, Europa y Asia.

Hoy, la lucha anticomunista la encabezan nuevos grupos, cuyas familias proceden de antiguos militantes del Yunque y los Tecos, como el Frente Nacional Anti AMLO (Frenaa) que sale a lucir sus autos de lujo en cada manifestación, la presunta organización BOA y hasta gente de la farándula que ve en la pandemia por el virus Covid-19, una estrategia para establecer “un nuevo orden mundial” que conduzca al comunismo.

Para muchos puede parecer una reacción inútil por recuperar el poder; sin embargo, es posible esa recuperación, como sucedió en Chile en 1973, cuando el ejército derrocó y asesinó al presidente elegido democráticamente para establecer una dictadura militar. Lo mismo sucedió en otros países, como Argentina, Brasil, Guatemala, Bolivia, y otros más. En México, el FUA, el MURO y los Tecos estuvieron detrás de la persecución de los “comunistas enemigos de Dios”.

Por estas razones absurdas, en México fueron asesinados, entre otros, los sacerdotes Rodolfo Aguilar Álvarez, (Chihuahua, 1977), Rodolfo Escamilla García, (Ciudad de México, 1977) y Juan Morán Samaniego, (San Pedro el Alto, Estado de México, 1979). Ya antes, los grupos anticomunistas secuestraron y torturaron a varios estudiantes, entre ellos a Miguel Ángel Granados Chapa, entonces alumno de la UNAM.

La derecha ha sido siempre represora. Hoy no ocupan ya las armas -por ahora-, pero están utilizando otra estrategia: las redes sociales, donde no dejan de alertar a los usuarios de estos medios digitales, de que el actual gobierno lleva a México al comunismo. 

Quizá digan muchos que nos asustan “con el petate del muerto”, pero la ignorancia, el fanatismo religioso, los intereses económicos, las prebendas perdidas, pueden crear la conciencia de que es necesario volver al pasado, donde estaríamos seguros frente a los comunistas.

Hasta luego, a un buen amigo

Personalmente, es una pena el fallecimiento del padre Adán Soto Aguilar, víctima de la pandemia de Covid-19. Nos conocimos desde chamacos, cuando cursábamos la educación primaria en el entonces Colegio Hidalgo, ubicado en el anexo del templo de Santiago, justo donde hoy está la capilla provisional. Al concluir la primaria ingresó al seminario menor de Puebla; cursó secundaria, humanidades, filosofía y luego, decidió ingresar a la congregación de los Misioneros de Guadalupe. Realizó sus estudios teológicos en el Seminario Mexicano de Misiones Extranjeras y fue ordenado sacerdote por el obispo Gilberto Valbuena Sánchez, en el atrio de Santo Domingo, en Izúcar. Fue designado, después, a las misiones de Kenya, en África, desde donde manteníamos viva nuestra amistad. A su regreso se unió al clero de la Arquidiócesis de Puebla, donde trabajó siempre en parroquias rurales, excepto en sus últimos años, que sirvió a la comunidad católica en San Andrés Cholula. Descanse en Paz.

 

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