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Punto de Vista / Nicolás Dávila Peralta 

El martes, la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias Pueblos Fundadores (CRAC-PF) de la región de Chilapa, Guerrero, presentó a los nuevos integrantes de su tropa: niños de 8 a 14 años, con quienes mostró ante la prensa nacional y corresponsales extranjeros una sesión de entrenamiento con armas reales.

Las imágenes de los niños, con el rostro cubierto con paliacates son impresionantes; en la mirada de los menores se ve ya la determinación de enfrentar con sus armas al crimen organizado que asuela la región de la Montaña de Guerrero.

El asesinato de 10 indígenas, integrantes de una banda de música a manos de la banda “Los Ardillos” que opera en la zona de Chilapa y municipios vecinos, fue el detonador de esta medida de la que los dirigentes de la CRAC-PF culpan a la pasividad de los gobiernos estatal y federal.

Tres aspectos deben preocuparnos en esta inaceptable medida de reclutar a menores de edad, a niños, y prepararlos en el uso de las armas.

El primer aspecto es la violación a los derechos de la infancia. A estos menores se les está privando de su derecho a una vida digna, a la educación y se está fortaleciendo en ellos que a la realidad de violencia que viven en sus pueblos solo se puede responder con más violencia.

El segundo aspecto es que la misma existencia de autoridades comunitarias revela que las autoridades encargadas de la seguridad de los pueblos, no está cumpliendo con su deber.

Guerrero se ha vuelto uno de los estados más violentos del país; pero sobre todo el puerto de Acapulco, la Tierra Caliente y la Montaña son las regiones en donde las bandas criminales han sentado sus reales. Esto, sin duda, no solo refleja la corrupción de las fuerzas del orden, muchas veces coludidas con las bandas, sino la inefectividad de las estrategias gubernamentales para enfrentar este problema que hoy ha llevado al reclutamiento de niños en las filas de la CRAC-PF, como ya lo hacen también las bandas criminales.

Las imágenes de los niños armados es un grito de auxilio a las autoridades estatales y federales ¿dónde está la Guardia Nacional?, ¿dónde están las policías estatales y municipales?, ¿dónde están los resultados de la lucha contra la inseguridad?

La respuesta no pueden ser excusas, sino acciones reales que abatan al crimen en toda la región que se ha regado con sangre de mucha gente inocente.

El tercer aspecto deberá ser el más preocupante. Poner un arma en un niño de 8, 10, 14 años, tiempo en que el menor pone los cimientos de su futuro, es orientarlo a un futuro de violencia, enseñarle que la vida ajena vale menos que la propia, que el poder no está en un futuro de paz y bienestar, sino en tener un arma en la mano que lo hará hacerse respetar por los demás.

Los líderes de la CRAC-PF, pero también las autoridades y la sociedad civil, debiéramos recordar la triste experiencia de la guerra civil en la República de El Salvador en los años 80 del siglo pasado.

En esa etapa de violencia que vivió ese país centroamericano, el Frente Farabundo Martí convencía a menores para que engrosaran sus filas. Pero fue el ejército salvadoreño el que utilizaba la leva para engrosar sus tropas con todo niño mayor de 12 años. 

Cuando las tropas llegaban a los pueblos y rancherías, los niños tenían que esconderse para no ser reclutados; muchos de ellos fueron enviados por sus familias a los Estados Unidos, donde, discriminados y marginados, se organizaron en bandas: los “Mara Salvatrucha”. Al ser repatriados por el gobierno estadounidense, se multiplicaron en El Salvador y Honduras. Hoy estas bandas son las más peligrosas de Centroamérica.

Ponerle un arma en las manos a un niño “para que defienda a su familia”, como dice la CRAC-PF, es el primer paso para crear futuros pistoleros. Esos niños ya no juegan con pistolas de juguete, hoy tienen armas de verdad; mañana aprenderán a matar y después, serán asesinos a sueldo.

Las voces de los niños soldados

“En las escuelas, en los campos de fútbol, en los suburbios o en las zonas rurales empobrecidas. Allí donde hubiera alguien que pudiese empuñar un fusil, era buen sitio para reclutar. La edad mínima de cualquier nuevo combatiente, 12 años. Ése fue el único límite que las Fuerzas Armadas salvadoreñas respetaron a la hora de buscar nuevos soldados que engrosaran sus filas a lo largo de la guerra civil que sacudió al país centroamericano durante la década de los 80.”

(Beatriz Pestaña. Texto bajado de: https://www.publico.es/culturas/voces-ninos-soldado.html

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