Las voces del sismo

Testimonios
 
A unos metros de la iglesia en ruinas, sentado en el borde de una jardinera del zócalo de Atzala, Felipe Hernández recuerda con nitidez la tarde de aquel martes 19 de septiembre de hace casi dos años.
 
Refiere que cuando empezó el temblor que provocó el derrumbe de la cúpula de la iglesia de Santiago Apóstol, él se encontraba a sólo unos metros de distancia de la puerta lateral.
 
“La gente empezó a gritar y a correr: Fue una gran desesperación, sobre todo porque se escuchaban los llantos de los pequeñitos que estaban adentro.
 
En la calle se empezaron a caer las casas, porque la mayoría eran de adobe, y todo se llenó de polvo. Tuve mucho miedo, mucha angustia y mucha impotencia por la gente que se había quedado sepultada en la iglesia.
 
Se juntó mucha gente para mover las piedras y los escombros, pero fueron pocos los valientes que se animaron a sacar los cuerpos, como un amigo que se llama Pancho y otro, Margarito, que incluso llevaban en las manos los órganos de las personas. Hasta la fecha me da miedo al acordarme”, recordó.
 
Sentado en una banca del parque de la localidad, Lorenzo Vázquez se niega a conceder la entrevista, argumentando que “tiene un compromiso”; aunque todo parece indicar que lo que en realidad ocurre es que no quiere recordar esos momentos de verdadera pesadilla.
 
Y no es para menos, pues es uno de los dos sacristanes que, junto con el sacerdote, lograron salir con vida cuando se desplomó la cúpula del templo, mientras se realizaba el bautizo de la pequeña Elideth.
 
Quien sí accede a dialogar con Enlace Noticias es don Graciano Villanueva Pérez, un cañero pensionado, de 73 años de edad, quien perdió a seis integrantes de su familia, los cuales quedaron sepultados entre los escombros de la Iglesia: su esposa, su hija, su yerno y sus tres nietecitos.
 
“Yo no fui al bautizo, me quedé viendo la televisión, si no ya no lo estaría contando. Cuando empezó a temblar, abracé a la Virgen de Guadalupe que estaba sobre la mesita, porque se iba a caer. Luego vino mi hijo Martín, que había ido a Chietla, y fuimos corriendo a la Iglesia; allí encontré a mi esposa, a mi hijo y a mi yerno”, refiere.
 
“¿Para qué me sirve el dinero, si perdí a mi familia?”
A sus familiares y a los integrantes de la familia de la niña que se estaba bautizando los velaron en la calle, frente a la casa de ambas familias.
 
Hasta allí llegó al día siguiente el gobernador Tony Gali a darles el pésame y a ofrecerles apoyo económico. “Sí, nos dieron una ayuda, pero ¿para qué me sirve el dinero, si perdí a mi familia? Ahora que ya va a ser el segundo año voy a hacerles su novenario de rezos y su misa, la comidita para la gente que venga, como se acostumbra en el pueblo”.
 
“Yo ya estoy enfermo, estoy malo del pulmón, pero Dios me sigue dejando aquí, siquiera para poder contarlo”, dice con un dejo de tristeza.
 
Al entonces presidente municipal, Alberto Ramos Morán, el sismo lo sorprendió en carretera, casi a la entrada de la ciudad de Puebla, a donde había acudido con su director de Obras a realizar gestiones. Aunque todavía alcanzó a percibir el movimiento, no imaginó la magnitud, ni mucho menos lo que estaba pasando en su municipio. No fue sino hasta que un regidor logró comunicarse con él, cuando se enteró de lo que estaba pasando.
 
“Fue muy trágico, pero yo pensé que había sido peor, porque imaginé que al menos había unas 50 personas en la iglesia. Como pudimos, salimos de la ciudad, y cuando llegamos al templo, sentí el impacto muy fuerte al ver la cantidad de gente que había, el templo derrumbado y la gente sepultada”.
“La solidaridad de la gente hizo que no se sienta uno solo, pero fue muy trágico, sobre todo para los familiares de las personas que murieron”, menciona.
 
“No me gusta hablar de eso porque todavía me lastima mucho”
 
Doña Hortensia Sánchez Espinosa, madre de uno de los jóvenes que ayudaron a rescatar los cuerpos de las personas fallecidas, no logra controlar el llanto cuando recuerda esos momentos: “A mí no me gusta hablar de eso porque todavía me lastima mucho”.
 
“Caí en depresión; a lo mejor a nadie se lo dije y nadie se dio cuenta, pero caí en depresión. Fue una cosa muy triste porque nosotros nunca la habíamos vivido, y no se le desea a nadie. Yo no tuve valor de ir a ver los cuerpos porque los sacaron en pedazos, desechos; yo creo que si hubiera ido me hubiera muerto nomás de tristeza”.
 
Algo similar le ocurre a Rocío Soriano, quien entre sollozos recuerda cómo vio venirse abajo la vivienda de sus padres, en Chietla: “Fue una experiencia muy fea porque marcó el corazón de todos. Sentí mucho miedo.
Al ver que la casa de mis papás se estaba cayendo, yo pensaba ¿en dónde van a vivir, si no había los recursos ni el dinero? A dos años de distancia todavía lo sentimos aquí (en el corazón). Con el paso del tiempo se puede olvidar, pero ahorita todavía está fresco”.
 
“Yo que lo viví no quiero que vuelva a pasar”
 
Su padre, don Santiago Soriano Meléndez, un anciano de 78 años de edad, recuerda que lo primero que percibió fue “una ruidera” y que salió corriendo con su esposa, su nuera y una nieta: “Me dio mucho miedo porque a mi edad nunca había sentido esos temblores tan feos.
 
Pensé que podíamos morir; se siente horrible, sentía que se abría la tierra. Ahora, cuando empieza a temblar pienso que no vaya a ser igual como el pasado, porque yo que lo viví no quiero que vuelva a pasar”.
 
Y aunque tuvo la fortuna de que la Secretaría de Desarrollo Social le construyera la “casa muestra” sin que le costara ni un peso -“sólo le daba de comer a los trabajadores”- menciona que hasta la fecha aún hay personas que no tiene dónde vivir. “Yo al menos tengo mi casita, allí dormimos seis, pero muchos todavía no tienen sus casitas en condiciones”, señala.
 
A Daniel Castillo el sismo lo sorprendió en Izúcar de Matamoros, cuando se dirigía a su casa con su hermana. “Al momento en que empezó a temblar nos quedamos parados en el zócalo. La señora que atiende la farmacia (El Pastillero) salió corriendo, muy espantada, y nos abrazó.
 
Se quería regresar porque había dejado su celular y su bolsa, pero no la dejamos; en eso fue cuando se cayó la parte de arriba de ‘La Margarita’. Nos fuimos por Aquiles Serdán y vimos cómo todas las casas estaban tiradas; la gente estaba muy desesperada, había señoras tiradas en el piso, gritando ‘¡Dios mío!’, gente que dejaba sus vehículos en medio de la calle porque como era la hora de salida iban a traer a sus niños”, relató.
 
Estas son sólo algunos de los miles de testimonios de quienes vivieron la catástrofe en distintos lugares; son sólo botones de muestra de los miles de recuerdos, vivencias, experiencias dolorosas; son sólo una mínima parte de las voces y los ecos del sismo del 19 de septiembre de hace dos años.
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