Nicolás Dávila/Puebla, Pue.
El miércoles 22 de agosto, la Universidad Iberoamericana Puebla y el Sistema Universitario Jesuita le otorgaron el Doctorado Honoris Causa en Teología y Ciencias de la Tierra, al brasileño Leonardo Boff, uno de los pilares de la Teología de la Liberación y fundador de la Teología de la Tierra, una reflexión sustentada en el valor de la creación que aporta nuevos conceptos sobre la relación del creyente con la naturaleza.
Su nombre de nacimiento fue Genezio Darci Boff, nombre que cambió por el de Leonardo al ingresar a la Orden de Frailes Menores (franciscanos) y que ha mantenido hasta la fecha, aun cuando desde 1992 renunció a la vida religiosa y al sacerdocio. Con este nombre ha firmado todas sus obras.
En los años 70 y 80 del siglo pasado empezó a ser considerado como uno de los pilares de la Teología de la Liberación, junto con el fraile dominico Gustavo Gutiérrez y los también sudamericanos Segundo Galilea y Juan Luis Segundo, entre muchos otros teólogos y obispos.
Cuando en 1979, en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en la ciudad de Puebla, estos teólogos fueron marginados por órdenes expresas del Vaticano, varios obispos del continente los llamaron como asesores externos; entre ellos estuvo el fraile Leonardo Boff.
Dedicado a reflexionar sobre el ser y las tareas de la iglesia frente a la realidad de pobreza, desigualdad e injusticia del continente latinoamericano, su obra abarca un considerable número de libros en los que ha plasmado su pensamiento.
En su obra más polémica para las autoridades vaticanas: Iglesia, carisma y poder, Leonardo Boff propone volver a los orígenes de las comunidades cristianas, romper con la rigidez de las jerarquías y hacer de los ministerios eclesiales un verdadero servicio, sencillo y nacido de las comunidades.
Este libro fue el motivo para que, en 1984, durante el pontificado del papa Juan Pablo II, se le abriera un juicio en la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio; por sus propuestas eclesiales, el pretexto, pero en realidad se sentó en el banco de los acusados por todo su pensamiento teológico.
El entonces prefecto de esa Congregación y antiguo profesor de Boff en Alemania, Joseph Ratzinger, que después sería el papa Benedicto XVI, determinó condenarlo al silencio; se le prohibió enseñar teología y someter sus escritos a la censura eclesiástica. Por fin, en 1992, ante las presiones del Santo Oficio, abandonó la orden franciscana y renunció al ejercicio sacerdotal. A partir de entonces, su trabajo filosófico y teológico se ha desarrollado con plena libertad.
Grito de la tierra, grito de los pobres
Leonardo Boff ha abierto una nueva ruta a la teología católica al hacer hincapié en la vinculación entre Dios, el hombre y la naturaleza. “Vio Dios que todo era bueno”, dice el primer capítulo del Génesis al darle sentido a la creación. Sin embargo, la maldad humana ha olvidado esta bondad y las ambiciones van paso a paso destruyendo esa naturaleza que en sus orígenes estaba llena de bondad.
Así, la destrucción de la naturaleza no es solo un atentado contra ella, sino contra los seres humanos, principalmente contra los más pobres y contra los pobres entre los pobres: los indígenas, cuya filosofía originaria los vincula estrechamente con la tierra. Esto es lo que entendemos como amor a la tierra, al terruño. Destruir la tierra en aras del capital es otra forma de opresión de los más pobres, señala Leonardo Boff.
Este trabajo teológico y filosófico, le ha llamado la atención al papa Francisco, quien lo llamó como su asesor en la elaboración de su encíclica Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común. Muchas de las ideas firmadas por el papa Francisco en ese documento donde reclama el cuidado de la tierra, son de Leonardo Boff, cuya teología ha sido revalorada por el actual pontífice.
Por esta trayectoria es relevante el Doctorado Honoris Causa concedido al teólogo brasileño por las universidades jesuitas, y destaca la importancia de su pensamiento para un mundo que es destruido por la ambición capitalista y la falta de conciencia de los seres humanos sobre el vínculo original entre la tierra, la naturaleza y el hombre.
¿Y si el pobre destruye la tierra?
Una concepción errónea del progreso, ha llevado a los centros de poder político y económico a una situación de contaminación, destrucción de selvas y bosques, urbanización de zonas de cultivo y contaminación de los mantos acuíferos, todo en aras de generar más riqueza a costa de la destrucción del medio ambiente, de la creación.
Pero hay algo más y es la pérdida de la convicción de que los seres humanos dependemos de la naturaleza igual que ella depende de nosotros. Por esto, se llegan a aplaudir las grandes obras de urbanización y el establecimiento de fábricas que contaminan. Se ha perdido el valor de la naturaleza y, lo peor es cuando los pobres, los más afectados por esta destrucción, aplauden los errores del mal llamado progreso.
Se contribuye a la destrucción de la naturaleza cuando el pobre se acostumbra a ver los ríos contaminados y se contribuye a eso; se desprecia el trabajo del campo y parece perfecto que la mancha urbana se apropie de tierra que siempre fue de cultivo, se contaminen calles, acequias, drenajes con basura y parece natural.
Cuando el pobre destruye la naturaleza, les hace el juego a los grandes capitales y contribuye a su opresión por parte de los dueños del capital.
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