Muere don Emiliano, símbolo popular de Izúcar

-Vendedor de fruta y figura cotidiana falleció a los 95 años

Juan Rubio / Izúcar de Matamoros, Pue.

Emiliano Romero Paredes, conocido como “el señor de las naranjas” y “el señor de los pepinos”, falleció el 18 de marzo de 2026 a los 95 años de edad, luego de enfrentar diversos padecimientos que deterioraron su salud en los últimos días. Su deceso ocurrió en su domicilio del barrio de Santiago Mihuacán, tras haber sido ingresado horas antes al Hospital de Izúcar en estado delicado.

La noticia de su fallecimiento se dio a conocer la noche del miércoles, luego de que durante la mañana circulara información sobre su hospitalización. De acuerdo con familiares, su organismo no resistió las complicaciones derivadas de varias enfermedades, lo que derivó en su fallecimiento alrededor de las 19:00 horas.

Don Emiliano fue ampliamente reconocido en Izúcar de Matamoros por su labor como vendedor de fruta preparada, actividad que desempeñó durante décadas en las inmediaciones del edificio de Correos de México. Su presencia cotidiana lo convirtió en una figura familiar para generaciones de habitantes, quienes lo identificaban por su característico sombrero, su trato cercano y su oferta de pepinos, jícamas y naranjas con limón, sal y chile.

Originario de Tehuitzingo, Puebla, su historia estuvo marcada por condiciones adversas desde temprana edad. Tras quedar huérfano de padre, su madre asumió el sustento familiar mediante la preparación y venta de alimentos tradicionales como mole, chocolate y dulces típicos. En ese entorno creció junto a sus siete hermanos, aprendiendo el valor del trabajo constante.

A los 15 años migró a Izúcar de Matamoros en busca de mejores oportunidades, iniciando como jornalero. Sin embargo, la falta de ingresos suficientes y la pérdida de dos de sus hijos lo llevaron a cambiar de rumbo, encontrando en la venta de fruta preparada una alternativa para sostener a su familia.

Con el paso de los años, su pequeño puesto se consolidó como un punto de encuentro. Hubo épocas en que la demanda era tal que los clientes formaban filas para comprar. Aunque en su vejez reconocía que la fuerza física ya no era la misma, mantuvo su rutina diaria: levantarse temprano, preparar su canasta y acudir a su sitio habitual, donde permanecía hasta la tarde.

Su vida también estuvo marcada por pérdidas personales, como la muerte de su esposa, ocurrida años atrás, con quien compartió gran parte de su historia. En sus últimos años vivía acompañado de una de sus hijas.

A pesar de no haber tenido acceso a educación formal, solía compartir reflexiones basadas en su experiencia. Entre bromas y consejos, se mantenía cercano a quienes lo rodeaban, incluso llamando la atención a jóvenes por conductas cotidianas, siempre con un tono que mezclaba humor y enseñanza.

Vecinos y clientes coinciden en que su figura representaba más que un oficio: era un referente de constancia, trabajo diario y arraigo comunitario. Su presencia en la esquina de Correos formaba parte del paisaje urbano y de la memoria colectiva del municipio.

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