Por: Nicolás Dávila Peralta
El 13 de septiembre se conmemoró la defensa del Castillo de Chapultepec por los cadetes del Colegio Militar, quienes se enfrentaron al ejército de los Estados Unidos, en la primera invasión que sufrió nuestro país, cuyo resultado fue la pérdida de la mitad de nuestro territorio.
En el combate murieron seis jóvenes que decidieron enfrentar al enemigo, superior en número, pero con la determinación de luchar por la soberanía de México y la integridad de su territorio.
En la ceremonia destacó el discurso de la cadete Irma Lorena Loza Melgoza, quien llamó a los jóvenes de México a trabajar por el desarrollo nacional hombro con hombro al lado de los demás mexicanos, porque el cambio requiere de ciudadanos comprometidos con el progreso del país.
En este sentido, la cadete que cursa el tercer año de la carrera militar afirmó que la juventud es un factor fundamental para transformar la sociedad.
“Los jóvenes estamos obligados a construir una nación sólida, fomentar la honradez, la honestidad y el compromiso social”.
Esto me recuerda lo que hace más de 40 años expresó el entonces presidente de la república de Chile, Salvador Allende: «Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica».
Uno de las aberraciones del sistema político mexicano después de los movimientos estudiantiles de 1968 y 1972 fue el proceso de desmovilización de la juventud, proceso que se perfeccionó al implantarse en México el modelo económico neoliberal, a partir del gobierno de Miguel de la Madrid, consolidado con Carlos Salinas y continuado con Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Se puso el acento en la enseñanza de las ciencias exactas, las ciencias naturales y la tecnología y se olvidaron las humanidades; las estrategias educativas se orientaron hacia la competitividad y la individualidad; el resultado han sido varias generaciones de jóvenes indiferentes ante la realidad del país, centrados en triunfar a toda costa, incluso sobre sus mismos compañeros, y apáticos frente a una situación de pobreza, marginación, injusticia.
Los políticos y los educadores, desgraciadamente, han formado generaciones de jóvenes conservadores, egoístas e indiferentes ante la pobreza y el sufrimiento.
Por esto, el llamado que en la ceremonia conmemorativa hizo la cadete Irma Lorena debe ser considerado un llamado urgente a la juventud para que rompa con su apatía, deje atrás sus temores y actúe para construir un México nuevo, más justo, más humano, más solidario.
Jóvenes, recuerden, ustedes son el presente de nuestra patria y los responsables del futuro que tendrán que dejar a sus hijos.
-Un Grito diferente
Después de muchos años, la ceremonia del Grito de Independencia celebrada en el zócalo de la Ciudad de México, primero que preside Andrés Manuel López Obrador, ha vuelto a ser una verdadera fiesta popular, como lo fueron por décadas, ante de que la figura presidencial se deteriorara a tal grado que el primer mandatario tuvo que ser protegido por un riguroso sistema de seguridad, lo que resultó en una ruptura entre el pueblo y sus autoridades.
Esta ruptura fue todavía más notoria en el sexenio pasado, cuando a las restricciones de acceso al zócalo capitalino se sumó el acarreo, año tras año, de campesinos y colonos del Estado de México e incluso de los estados de Hidalgo, Querétaro, Tlaxcala y Guerrero para llenar la extensa plaza principal de la Ciudad de México, que recibían a cambio unos pesos y un refrigerio.
Hoy se ha roto con esa medida impopular y el zócalo ha vuelto a ser el centro de la fiesta nacional, como lo fue antes y como debiera ser siempre.
Otro aspecto a destacar es la ruptura con la fiesta posterior al Grito de Independencia.
Por muchas décadas, mientras el pueblo se entretenía con los juegos pirotécnicos, los antojitos mexicanos y, en el peor de los casos, con las tortas y los jugos que los organizadores del acarreo les proporcionaban, en el interior del Palacio Nacional, el Presidente, su gabinete y los invitados especiales disfrutaban de un banquete a todo lujo.
Hoy esos lujos se acabaron, se rompió esa tradición que evidenciaba los dos México: el del pueblo pobre y el gobierno rico.
Esto hay que celebrarlo porque es un signo de que efectivamente vivimos no un cambio de gobierno sino un verdadero cambio de régimen.
]]>