No todos coludos

Por: Nicolás Dávila Peralta 

El gran reto de la Iglesia Católica es el problema del celibato del clero, que se ha reflejado en los delitos sexuales cometidos en contra de menores de edad, la homosexualidad de algunos y la doble vida de otros. Sin duda es un problema muy serio que demanda acciones contundentes en contra de los culpables y una revisión urgente de los métodos de formación de los seminaristas del clero diocesano y los aspirantes, novicios y nuevos profesos de las órdenes y congregaciones religiosas.

Sin embargo, esta problemática ha sido difundida de tal modo en los medios, sobre todo en los digitales, que ha inducido a la audiencia a generalizar el problema y estigmatizar a todo el clero católico, situación que se ha fortalecido, al descubrirse que el problema ha alcanzado a altos jerarcas de la Iglesia. Tal fue el escándalo de la doble vida y los abusos sexuales del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, o el más reciente del cardenal australiano George Pell.

Hay que reconocer, como lo ha hecho el papa Francisco, que este es el mayor estigma del que debe limpiarse la Iglesia; sin embargo, frente a estos casos de abuso sexual o violación del celibato de miles de clérigos, están millones que mantienen firme su compromiso con las comunidades a las que sirven, muchas veces en situaciones de pobreza y arriesgando su vida.

El sábado pasado, precisamente, se conmemoraron 39 años del asesinato del arzobispo de El Salvador, Centroamérica, Oscar Arnulfo Romero Galdámez, un sacerdote que vio morir asesinados a otros sacerdotes de su arquidiócesis, por sicarios de la dictadura militar que en los años 70 y 80 dominaban ese país.

Ni él ni sus sacerdotes, jesuitas muchos de ellos, vivieron una vida aburguesada; por el contrario, se comprometieron con los más pobres, compartieron su vida, defendieron sus derechos y encontraron la muerte.

En África, miles de clérigos, religiosos y religiosas trabajan en pueblos y aldeas, en situaciones de pobreza, fieles a su vocación y convencidos de que la religión no solo consiste en rezar, sino en trabajar por cambiar las situaciones de injusticia, desigualdad, opresión y falta de respeto a los derechos fundamentales del ser humano.

Otros, como en México, trabajan en comunidades indígenas, solidarios en la defensa de sus culturas, o brindan apoyo a los migrantes que huyen de la pobreza, la inseguridad o la persecución política en sus países de origen.

Sin embargo, de todos ellos muy poco o nada se difunde en las redes sociales; pero ellos son de manera preferente, el clero de la Iglesia Católica. Así pues, no vale el refrán: “o todos coludos o todos rabones”; es necesario marcar con claridad la diferencia entre quienes trabajan día a día por sus comunidades y quienes, aburguesados, viven una vida cómoda, de lujos, que los lleva a buscar aquello a lo que libremente renunciaron, sin abandonar su jerarquía clerical y muchas veces con desviaciones escandalosas, como la pederastia.

Fanatismo pro y anti AMLO

Muchos mexicanos aún no han entendido que un gobierno no puede ser juzgado a escasos tres meses y medio de iniciada su gestión, sin tener argumentos claros para el caso. No se puede negar que hay analistas que han señalado lo que considerar errores en la conducción del país y a quienes hay que leer o escuchar con una actitud crítica. 

Sin embargo, desde el inicio de la administración del presidente López Obrador y aún antes de su toma de posesión, se han distinguido en las redes sociales, dos grupos de opinadores; unos, que han endiosado al Presidente y los siguen calificando como el salvador de la patria; mientras otros (y aquí hay que destacar al líder nacional del PAN), día a día descalifican cada una de sus palabras y decisiones.

Ambos grupos han caído en el fanatismo más absurdo. Un país no se cambia en un día y AMLO no es el mesías milagroso. Habrá que sopesar sus decisiones y con base en los resultados, que no se dan de la noche a la mañana, evaluar su gestión.

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