Por: Manuel Alejandro Moreno Álvarez

La obcecación por el poder es un padecimiento estudiado por profundos análisis psicopatológicos que a mentes sencillas como la nuestra nos cuesta trabajo entender. Lo cierto es que la era contemporánea y sus actuales recursos de la híper-inmediatez, han desnudado sin más este tipo de actitudes que vienen de larga data, pero que no dejan de sorprendernos por los alcances a que se llega cuando un hombre o una mujer echa mano de todos los recursos a su alcance para conservar un coto de poder o hacerse de recursos del tipo más ampliamente. 

Cuando hablamos de “guerra sucia” a nivel político-electoral simplificamos la dimensión que este concepto tan propio de la década de los 70s encarna. Guerra sucia no sólo es intentar afectar en lo moral al otro. Guerra sucia es incluso atentar contra la integridad física del adversario que se quiere disminuir. La guerra sucia es una práctica del poder, al verse éste amenazado. Por las guerras sucias no se escatiman recursos monetarios, materiales ni inmorales. Justamente esto es lo que está sucediendo hoy en Izúcar de Matamoros, a la violencia común y cotidiana se le anexa la violencia instituida, que viene exactamente de aquellos que se supone están obligados a asegurarnos ya no el bienestar sino simplemente la integridad y seguridad más elementales. 

Actualmente, sabemos quién es quién en este maltrecho tablero donde se juega el poder. Un poder muy acotado, pero del que se pueden hacer grandes cosas a favor del municipio o también, acciones muy perversas que las reglas morales terrenales y las reglas divinas (para aquéllos que todo lo hacen en nombre de Dios) condenan y castigan. Es tan importante esta elección (aunque muchos digan que no justamente porque saben que lo es) que en todos los niveles del poder hoy como nunca se pelean su permanencia no bajo las reglas del juego, sino con artimañas despreciables. 

Es un hecho que se está dando un movimiento que cambiará muchos órdenes y trasladará otros. Que todos como sociedad aceptemos esta inminencia, hace que algunos sujetos y sectores reaccionen con desesperación, y eso es lo que sucede ya en el municipio. Al puro estilo de la era priista bárbara se hace efectiva una campaña contra el candidato puntero de la izquierda que, por la integridad del agredido no les ha funcionado. También, se ha recurrido a la coacción al voto y a las presiones contra la ciudadanía desde la institución, amenazando con rebajar o anular beneficios sociales que nada tienen que ver con el ambiente electoral y que, quienes hacen este tipo de chantajes inmorales, incurren en delitos electorales. Hay que decirlo: quien condiciona y amenaza con no entregar beneficios sociales porque no votan por el candidato o candidata de su partido, es un delincuente electoral. Así, con sus 11 letras: DELINCUENTE. 

El miedo de perder el poder es un animal herido y acorralado que puede lanzar las peores mordidas y los más duros coletazos. Por eso uno de los candidatos ha traído a gente de lo más ruin del perredismo de la Ciudad de México para terminar la última etapa de esta contienda con las prácticas más despreciables con tal de ganar. Estas acciones mafiosillas ya empezaron a verse con las agresiones a reporteros y periodistas locales que desnudan la coacción al voto y demás delitos electorales, como la destrucción de la publicidad de los candidatos de Morena, con campañas para sembrar la confusión en el votante, haciendo pasar a los traidores de la historia local como obradoristas y diciendo en las comunidades que Morena y el PRD son aliados y que un voto por cualquiera de los dos significan lo mismo. Pero esta estrategia tan burda está tan mal aplicada que se le ven los hilos. 

La obcecación por el poder encuera. Expone las partes que las personas simples conservamos como algo que no queremos que se nos vea, justamente porque estimamos como recursos negativos contra los que hay que luchar usando nuestras constituciones morales. Pero aquellos hombres y mujeres del poder no son simples. Se constituyen de partes patológicamente alteradas y de actitudes esquizofrénicas dignas de un laboratorio, pero alejadas de los puestos públicos. 

 

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