Nicolás Dávila Peralta / Punto de Vista

El viernes pasado, se presentaron los candidatos a la Presidencia de la República de las tres coaliciones formadas por los partidos políticos nacionales: José Antonio Meade Kuribreña, Ricardo Anaya Cortés y Andrés Manuel López Obrador, ante los banqueros reunidos en la 81 Convención Bancaria, en Acapulco. El tema central de sus presentaciones fue la estrategia que seguirán, de ganar la elección, para combatir la corrupción.

El primero en presentarse fue José Antonio Meade; la pregunta directa del moderador del encuentro, Leonardo Curzio, fue: “En todas las preguntas hay una inquietud. No hay duda de que eres honrado, pero no el partido. ¿Qué hacer?”. Meade señaló que “ningún partido político tiene el monopolio de la virtud o de la falta de virtud “.

Después de destacar la honorabilidad del ejercicio del servicio público, indicó que éste es el que “nos hace implacables con el combate a la corrupción”, acción que consideró central en el ejercicio público. “Estoy dispuesto a ir a la cárcel si fallo”, aseguró.

Por su parte, Ricardo Anaya, segundo en acudir a la cita con los banqueros, afirmó que el combate a la corrupción requiere un estado de derecho que dé certidumbre al ciudadano. Aprovechó para acusar a la Procuraduría General de la República de actuar con parcialidad, por lo que, dijo, urge tener una fiscalía autónoma e independiente.

No dejó pasar la oportunidad de advertir del peligro de un gobierno populista y defender las reformas estructurales.

Tercero en su presentación fue Andrés Manuel López Obrador, quien planteó que el combate a la corrupción debe pasar a ser una tarea del Poder Judicial, para lo cual se requiere de la plena autonomía de este poder; planteó una renovación de la Suprema Corte y refrendó el respeto a la propiedad de los bancos y la necesidad de unidad de todos los sectores sociales para sacar adelante al país.

Ante los banqueros, los tres candidatos abordaron con superficialidad el tema de la corrupción. Meade se limitó a destacar la importancia del servicio público y a generalizar acerca del problema en los partidos: “ningún partido tiene el monopolio de la virtud…”; se presentó como alejado de la corrupción y como un recurso de impacto mediático se mostró dispuesto a ir a la cárcel.

Anaya, por su parte, se limitó a repetir sus argumentos de precampaña: no al populismo, Justificación de las reformas estructurales y la acusación de que la PGR está siendo usada como arma electoral.

En tanto que López Obrador centro su discurso en prometer una renovación de la Suprema Corte.

Ninguno de los tres reconoció el nivel de corrupción existente en todos los niveles de gobierno, en todos los partidos y en los sectores social y privado; sus discursos carecieron de un diagnóstico claro del problema y de respuestas que pasaran más allá de lugares comunes o decires que circulan en las redes sociales.

Se entiende que fueron a presentar su mejor cara ante los banqueros, de ahí los elogios de Meade a los que son o han sido funcionarios públicos; la defensa de las reformas estructurales por parte de Anaya y la promesa de respetar a los propietarios de la banca por parte de López Obrador. 

En unas comparecencias que más fueron actos de campaña que diálogos reales con los empresarios que manejan y obtienen ganancias con los capitales, grandes o pequeños, de los mexicanos, la palabra corrupción danzó en todas las bocinas y fue captada por grabadoras y cámaras de televisión, pero hasta ahí. No escuchamos compromisos contundentes rumbo a la solución del más grave problema que aqueja a todos los mexicanos.

Esperemos que en las campañas que inician formalmente a fin de este mes de marzo, los electores recibamos propuestas claras y no tengamos que continuar soportando las campañas de lodo y excremento que nos recetaron en la precampaña.

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