En 1492, el navegante Cristóbal Colón llegó al continente americano y en nombre de la reina de Castilla tomó posesión de estas tierras, a las que en los años siguientes llegaron cientos de peninsulares que con las armas o la cruz sometieron a los pobladores originales y los despojaron de sus riquezas.

Hasta entonces, tanto la península ibérica como el resto de Europa luchaban por conquistar un poder que hasta entonces detentaban los árabes. Gracias al oro y la plata de América, españoles, portugueses y más tarde ingleses y franceses –estos con la posesión de las islas de las Antillas y sus incursiones en África y Asia-, hicieron del viejo continente el centro del poder mundial.

Fue entonces que se estableció un mapa mundial en donde el naciente capitalismo se transformó en el centro del poder político, económico y cultural del mundo entonces conocido.

Efecto de esto fue, como acertadamente lo señala el filósofo e historiador argentino Enrique Dussel, la concepción de la humanidad en dos estratos: el ser, esto es los dueños del poder económico, político, cultural y religioso, y el no-ser, esto es los dominados, los explotados, los que no existen como personas.

Habrá que recordar cómo al inicio de la dominación ibérica en América, se puso en duda que los indígenas fuesen seres racionales, a ese grado llegó la categoría del no-ser para los habitantes originales de este continente.

A partir de la primera guerra mundial, surge un nuevo centro de poder capitalista: los Estados Unidos, que inician un proceso de dominación en el resto del continente americano. En México, influyen abiertamente en el rumbo que debe tomar la revolución, desde el triunfo y asesinato de Madero, hasta la solución del conflicto religioso de 1929. En otros países su actuación es más abierta; tal es el caso de la independencia de Cuba o su dominio político y económico de Centroamérica.

Ante la presencia del comunismo y su triunfo en Cuba, los Estados Unidos crean la Alianza para el Progreso, sobre la base de que América Latina y el Caribe es una región en vías de desarrollo. La alianza fracasa, la mayoría de los países adoptan una política económica centrada en el estímulo a la producción interna; el gran capital opta por ampliar sus inversiones a través de las empresas transnacionales.

Así se recrea la dinámica de dominación con un nuevo mecanismo: la explotación de los recursos naturales y materias primas, para regresar desde el centro capitalista productos elaborados con esas materias, al tiempo que inciden políticamente en los países, principalmente de Sudamérica, donde frente al descontento popular establecen o apoyan gobiernos dictatoriales.

Ante la crisis del modelo capitalista, desde los Estados Unidos aparece un nuevo modelo que hoy se conoce como neoliberalismo, cuyas premisas principales son:

Liberación de mercados, esto es libre tránsito de mercancías de un país a otro.

Sometimiento de la economía de los países a las leyes de la oferta y la demanda.

Reducción del papel de Estado en el control de la economía, dejando ésta en manos de los grandes capitales.

Así, el Estado es el encargado de enfrentar los problemas de las clases desprotegidas, en tanto el capitalista crea riqueza que en un futuro llegará a manos del resto de la población.

Este sistema, aplicado a nivel mundial, ha regresado a México, a Latinoamérica y al mundo al esquema que divide a la humanidad en los que son y los que no son tratados como seres humanos. 

Así los indígenas, los campesinos pobres (no los grandes agricultores), los obreros, los artesanos, las amas de casa, los ancianos, los desempleados, integran el amplio grupo de los que no son; esto es, no existen como sujetos de desarrollo, no existen como capaces de acceder a los bienes de capital, y con ellos también forman parte del no-ser su cultura, su trabajo, sus conocimientos.

De ahí que hoy se busque mayor producción al menor costo, esto es: más trabajo y menos salario; este el sentido de los programas de apoyo a los más pobres: se les da lo estrictamente necesario para que no mueran, para que no manifiesten descontento, para que sigan funcionando como mano de obra y no como seres humanos.

Esto no significa un llamado a la resignación sino un llamado a la transformación de las estructuras dominantes. Así respondieron los protagonistas de la independencia de los países latinoamericanos; esa fue la razón de ser de los movimientos revolucionarios y esa debe ser la razón que en 2018 nos lleve a elegir a un gobierno que rompa este círculo perverso del ser y el no-ser.

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