Atilio Alberto Peralta Merino

Hace poco más de un año asistí a la parroquia de María Reina para acompañar a una persona cercana en el duelo que le acongojaba, por esas fechas, indagué el paradero del recinto entre mis conocidos ya que creía desconocer su ubicación, para mi sorpresa, al llegar a la celebración de la homilía a la que se me había convocado, recordé que había estado ahí en otros tiempos, eran los días en que Puebla era la sede de la segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana y había ido a acompañar a un declamante recitar algún poema ante un grupo de Obispos, provenientes de diócesis situadas en diversos rincones de la geografía continental mientras yo rasgueaba una guitarra vestido con una cuera tamaulipeca.

Una década atrás, la primera de las conferencias episcopales se había llevado a cabo de tal laya en la Ciudad de Medellín, bajo la impronta inmediata de las conclusiones recientemente aprobadas por el Concilio Vaticano Segundo y bajo la sombra del estallido guerrillero que en aquellas geografías habría encabezado el padre Camilo Torres: “donde cayó Camilo surgió una cruz, pero no de madera sino de luz”.

Por las fechas en las que rasgueaba la guitarra, la parroquia de María Reina se situaba en un paraje prácticamente despoblado de la ciudad, a diferencia de lo que bien pude apreciar al ir a manifestar mis condolencias al lugar hace poco más de un año, por esas fechas, asimismo, estaban en boga las canciones de Carlos Mejía Godoy, acababa de ganar la presea correspondiente al festival “OTI” con una composición llamada “Quincho Barrilete” y sus melodías, por lo demás, terminarían erigiéndose en la “banda sonora” de una enorme epopeya, tal y como lo fue en su momento la sublevación popular contra Somoza.

Las noticias transmitidas en la época, en estaciones de radio y noticieros de televisión relativas a los combates de León o a la tristemente célebre Batalla de Estelí, era invariablemente acompañadas de los acordes del “Cristo de Palacaguina”: “por el cerro de la Iguana montaña adentro de las Segovias”; episodios y acordes que han venido a mi memoria ante la reciente visita en Puebla de Leonardo Boff.

La expresión social del catolicismo, anterior en tiempo incluso al surgimiento de la denominada “teología de la liberación”, que nació en el Perú con las enseñanzas del padre Gustavo Gutiérrez pero que con Boff alcanza su expresión más alta y completa, tiene acaso sus antecedentes, al menos inmediatos, en la expedición de la encíclica  “Rerum Novarum” por parte del Papa León XIII, teniendo  una enorme influencia en un cúmulo importante de escritores y pensadores franceses como Jacques Maritain y entre los que indudablemente se destaca Leon Bloy como  autor de un libro que siempre he escuchado citar peor sin que jamás  me haya sido posible acceder a ejemplar alguno : “la mujer pobre”, título que dice mucho en sí mismo.

Una de las mejores expresiones culturales de dicho mensaje místico, humanista y social al unísono seguramente podrá encontrarse en una formidable cinta de la cinematografía mexicana “entre tu amor y el cielo”, de Emilio Gómez Muriel protagonizada por Alejandra Cañedo, Charito Granador y Rodolfo Acosta: en la que el párroco de un barrio obrero lucha por ser fiel a su ministerio ante el amor que le inspira una amiga de juventud que se ha casado con un sindicalista, también amigo suyo de juventud y que es perseguido por los representantes de importantes intereses de toda laya, tanto lícitos como ilícitos; no dejando de llamar la atención que la referida trama  que bien puede ser calificada de índole católica en su más acabada expresión haya sido escrita por un judío como lo fuera el escritor  Max Aub: aun cundo ello no tendría que llamarnos a sorpresa atendiendo los mensajes de fe, o de mera compasión si se prefiera que nos brinda Leonardo Boff, escucharlo es un verdadero privilegio, privilegio que dada su trayectoria permite repasar los sucesos del mundo, de nuestras latitudes y de nuestras vidas.

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