Los últimos días del mes de agosto, previos al V Informe de la administración federal, los discursos del gobierno de Enrique Peña Nieto destacaron hasta el cansancio que el gran logro de 2016 fue la reducción de la pobreza. En actos públicos, en noticieros oficiosos, en las redes sociales, tanto el mandatario como funcionarios de su gabinete insistieron en los éxitos de la política social que va reduciendo el número de pobres en el país.

Los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) señalan que de 2014 a 2016, el número de mexicanos en situación de pobreza pasó de 55 millones 341 mil 600 a 53 millones 418 mil; esto es, el país cuenta con un millón 923 mil 600 pobres menos. Este es el gran logro que con bombo y platillo está proclamando el sexto gobierno neoliberal que padecemos. 

En la Encuesta Intercensal 2015, realizada por el INEGI, se contaron 119 millones 530 mil 753 habitantes en el país; pero este 2017, el mismo instituto registra una población de 123.5 millones. Con base en este último dato, el porcentaje de mexicanos en situación de pobreza es de 43.25 por ciento de la población. Frente a este porcentaje de pobres, apenas el diez por ciento acumula el más alto porcentaje de capital. Esto significa que el principal problema en este renglón es la desigual distribución de la riqueza.

Pero este problema es fruto del modelo económico aplicado en México desde el gobierno de Miguel de la Madrid, que se sustenta en el más rígido capitalismo que considera que lo primordial es la producción de la riqueza sustentada en la libertad de mercado, lo que lleva a un adelgazamiento del Estado que, en todo caso, se encargará de una política social que contribuya a la distribución del ingreso, dejando que la economía se rija por sus propias reglas.

Así, después de una inflación catastrófica con Miguel de la Madrid, que elevó los precios a miles y millones de pesos y causó un serio deterioro salarial, el gobierno de Carlos Salinas inició el adelgazamiento del Estado al poner en venta, no solo empresas no estratégicas con capital mayoritario del Estado, sino empresas cuyo control por parte de éste, era importante. Así, en su sexenio se vendió la empresa Teléfonos de México (Telmex) al multimillonario Carlos Slim y el sistema público de televisión al regiomontano Ricardo Salinas Pliego.

Ernesto Zedillo fue más allá y entregó al capital privado los Ferrocarriles Nacionales de México, y para disimular el deterioro de la moneda, le quitó tres ceros al peso; en tanto que el empresario cocacolero Vicente Fox abrió las puertas del capital extranjero para manejar la banca privada.

A esto se han unido los acuerdos comerciales, entre ellos el hoy en revisión Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que abrió las puertas a las industrias multinacionales, mató a las mini y microempresas nacionales y dejó en el abandono a los medianos y pequeños productores agropecuarios.

Todo esto ha generado una minoritaria clase pudiente, dueña del capital y ha hecho crecer el número de pobres, como fruto de la contracción de los salarios, el desempleo y la baja producción agropecuaria.

Pero el neoliberalismo tiene su receta para paliar los efectos de la pobreza: los programas sociales que consisten en repartir migajas del presupuesto a las familias más pobres, a través de programas como Progresa, 65 y Más, y otros que llevan a los más pobres a recibir desde despensas hasta entregas bimestrales de mil 200 pesos para las personas de la tercera edad.

Por esto, la disminución de personas en situación de pobreza que tanto proclama el gobierno federal es insignificante, si consideramos que es el mismo sistema económico el que aumenta el número de pobres.

A esto se unen los defectos que tiene de suyo el método que el INEGI y el Coneval aplican para esta medición; lo que lleva a pensar si los datos son reales o es una medida política en vísperas de la contienda electoral de 2018.

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