Punto De Vista
 
Por: Nicolás Dávila Peralta
 
La violencia contra las mujeres se ha incrementado considerablemente, a tal grado que en los últimos años el porcentaje de violaciones y feminicidios ha crecido de forma alarmante.
 
Según datos de la Fiscalía General del Estado de Puebla, de enero de 2018 a marzo de este año ha habido 603 denuncias por ataques sexuales contra mujeres, y de éstas el 30 por ciento han sido ataques a niñas de 11 a 15 años.
 
Esta situación es un reflejo de lo que sucede en todo el país y que motivó las marchas de protesta en varias ciudades de México, varias de ellas con expresiones violentas que muestran el hartazgo de las mujeres frente a las actitudes machistas y la poca eficacia de las autoridades para frenar estos hechos y para castigar a los culpables.
 
Esta situación debiera crear conciencia en toda la sociedad en torno de las causas y los efectos de estas agresiones que contribuyen al ambiente de inseguridad que desde hace varios años prevalece en nuestro país.
 
La violencia contra la mujer tiene como base una larga historia de infravaloración del género femenino que tiene sus orígenes desde la época anterior a la invasión española. Si bien en los pueblos originarios se respetaba a las ancianas y la mujer tenía una presencia importante en los pueblos, siempre estaba por encima de ella el género masculino.
 
Pero fue a partir de la invasión española cuando se estableció en la entonces Nueva España una sociedad patriarcal, donde el hombre era el amo y señor de la familia, de la política y de la sociedad.
 
La mujer fue recluida a la casa y a los quehaceres domésticos.
Tenía entonces dos opciones de futuro: casarse o meterse a un convento.
 
Mujeres como Sor Juana Inés de la Cruz fueron excepciones a esa norma donde la mujer o era sirvienta del marido y de los hijos varones o religiosa dedicada a la oración y la atención a los clérigos.
 
De ahí nació el machismo como expresión extrema de la dominación del hombre sobre la mujer, y cuyo efecto principal fue y sigue siendo la discriminación de la mujer desde el hogar, destacando en esto la educación diferenciada de los hijos varones y las mujeres, educación que se puede resumir en esta frase: “los hombres mandan, las mujeres obedecen”.
 
La violencia contra la mujer tiene, pues, como origen una desviación de la conciencia social que conduce a la discriminación, a la sumisión y al abuso de autoridad, y cuyas expresiones son la violencia intrafamiliar, las agresiones sexuales y los feminicidios.
 
Esta desviación de la conciencia social está en la base de la violencia intrafamiliar. La mujer, si ha sido educada en la sumisión, ve en el marido a la autoridad suprema de la casa, al dueño de su vida y muchas veces soporta las agresiones verbales o física como parte de una cruz que debe soportar por haberse casado.
 
Es también esta desviación de la conciencia social la que lleva al hombre a la agresión sexual a la mujer, dentro o fuera de casa, y en los casos extremos al feminicidio. No hay que olvidar que en muchos casos el verdugo de la víctima es el esposo o el novio, y en otros más los mismos agentes del orden, convertidos por el machismo en agentes de muerte.
 
Aquí conviene hacer una observación: la violencia contra la mujer y los reclamos de ellas contra la impunidad de los agresores no puede ni debe considerarse una pugna entre las mujeres (víctimas) y los hombres (agresores).
 
Si bien la raíz es educacional, las agresiones son fruto de la cultura machista que impera todavía en grandes capas de la sociedad y que asume que la mujer es un ser inferior.
 
Hay que tener claro que esto no es una guerra entre géneros, sino entre gente violenta y víctimas, entre machos, que no son todos los hombres, y mujeres de todas las edades y condiciones sociales.
 
Es necesario puntualizar que las víctimas también puede ser la madre, la esposa, las hijas, las parientes de los hombres, y que ellos también sufren los efectos de esa agresión.
 
Por esto, en esta lucha debemos estar unidos mujeres y hombres en contra de quienes, perversamente, se consideran amos y señores de la familia, la ciudad, la escuela, el centro de trabajo y el poder político.
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