Por: Nicolás Dávila Peralta 

El miércoles 15 de mayo, se abrieron las puertas del Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México, para rendir homenaje al líder de la Iglesia de la Luz del Mundo, Naasón Joaquín García, al cual asistieron líderes de esa asociación religiosa, así como políticos y empresarios. El programa incluía, además de la presentación de la obra “El guardián del Espejo”, ejecutada por 11 cantantes de ópera, coros y la Orquesta Filarmónica de la Secretaría de Marina, un acto en honor al líder religioso.

Ante los comentarios que desató este acto en las redes sociales y en el ámbito político, representantes de la Asociación de Profesionistas y Empresarios de México, cuyo presidente, Rogelio Zamora Barradas, pertenece a esa religión, señalaron que fueron ellos y no la Iglesia de la Luz del Mundo quienes organizaron el concierto; sin embargo, las invitaciones decían claramente que el acto era en “homenaje al Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García”, aun cuando no se nombró al líder religioso en momento alguno del concierto.

Desde luego que la Asociación de Profesionistas y Empresarios de México está en su derecho al organizar el homenaje; sin embargo, son dos los detalles que han generado las reacciones en contra.

Uno, es el uso del máximo recinto de las artes en México para un acto que, si bien era una ópera, tenía la intención de ser un homenaje al máximo líder de una asociación religiosa, de una iglesia, tal como lo expresaban las invitaciones.

Lo segundo que habrá que advertir es que en política hay un principio: la forma es el fondo. Es aquí donde el gobierno federal camina en la frontera entre el laicismo y la religión. 

En este caso, la forma fue abrir el máximo espacio de las artes a una organización religiosa para un concierto en honor del ministro religioso líder de la misma; la participación gratuita de la Orquesta Filarmónica de la Secretaría de Marina y la presencia de más de una veintena de políticos, entre funcionarios federales, diputados y senadores, a un acto programado como un “homenaje al Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García”.

Si la forma es el fondo, en este caso no se cuidaron las formas, lo que manda el mensaje de que el gobierno es proclive a diluir la frontera que define al Estado laico de lo religioso.

Sin embargo, este no es el único caso, ni el más notorio, en el que un gobierno borra la frontera entre la laicidad del Estado y la religión. Recordemos la forma en que el entonces presidente Vicente Fox Quezada recibió al papa Juan Pablo II. En esa ocasión, en lugar de comportarse como un Jefe de Estado que recibe a otro Jefe de Estado, se portó como un feligrés, al inclinarse a besar el anillo pastoral del papa.

No hace mucho, con la visita del papa Francisco a México, Enrique Peña Nieto acudió “devoto” a la misa papal en la Basílica de Guadalupe, en su calidad de Presidente de la República.

Pero lo notorio en este concierto homenaje al líder de la Iglesia de la Luz del Mundo, es que se da en el contexto de lo que se ha llamado la “Cuarta transformación” que, de acuerdo al discurso oficial, busca rescatar la laicidad del Estado mexicano, como uno de los aspectos de ese nuevo país que se busca construir. Se ha marcado mucho que este gobierno reconoce como los constructores de las otras tres transformaciones a Miguel Hidalgo (Independencia), a Benito Juárez (separación entre las iglesias y el Estado) y a Francisco I. Madero (iniciador de la Revolución Mexicana).

El laicismo implica el respeto a todas las expresiones religiosas, pero también el cuidado de no mezclar las acciones de las iglesias con las acciones y, sobre todo, las actitudes de los funcionarios y líderes políticos. 

Es, desde luego, un derecho la práctica religiosa de cualquier ciudadano; pero en los actores políticos, es necesario cuidar la frontera entre lo público (su quehacer político o de gobierno) y lo privado (su práctica religiosa). Cuando se mezclan ambos espacios, resulta riesgoso para el país.

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