Punto de Vista / Nicolás Dávila Peralta 

En julio de 2018, los electores optaron por una propuesta que planteaba un cambio político, económico y social en el país, después de que con los gobiernos de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo Pacheco el sistema político mexicano hizo crisis y el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado optó, al final de su sexenio, por el sistema neoliberal, mismo que dominó en México por 30 años.

Los resultados de este sistema, no solo en México, sino en todos los países en donde se ha aplicado y se sigue aplicando, no son los que se esperaban: la riqueza se acumuló en pocas manos, lo que ha incrementado la pobreza; se privatizaron empresas claves para la soberanía nacional, como los ferrocarriles, las comunicaciones, los puertos y aeropuertos, la producción de energía eléctrica y productos derivados del petróleo.

El sistema llevó al Estado a perder su carácter de regulador de la economía, al someterse a las leyes del mercado; surgieron, como poderes fáticos, en sustitución del poder del Estado, las organizaciones empresariales, los medios de comunicación, los cárteles de las drogas, las iglesias y, sobre todo, las organizaciones financieras internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etcétera) las cuales, junto con las empresas evaluadoras, determinaron el rumbo de la economía.

Los resultados de estos 30 años de política neoliberal son, junto con la pobreza de más de la mitad de la población, la corrupción y la impunidad en el gobierno, en partidos políticos e instituciones privadas; el dominio del crimen organizado de varias zonas del país; el aumento de la inseguridad, entre otros efectos negativos para el país.

El nuevo gobierno federal, junto con los gobiernos estatales y municipales derivados del movimiento Juntos Haremos Historia, se han asumido como ejecutores de este cambio que busca recuperar el papel del Estado como regulador de la vida nacional, combatir la corrupción, hacer frente a la impunidad y revertir el daño causado por el sistema neoliberal; de ahí las políticas asistencialistas del nuevo gobierno.

Todo cambio provoca reacciones a favor o en contra, tanto de quienes votaron por el cambio, como de quienes ven en él un riesgo para el país, el estado o el municipio.

Por parte de los votantes a favor, están quienes quisieran un cambio profundo, de raíz, de la noche a la mañana. Son los radicales que aspiran a la eliminación política de todos los que no piensen como ellos. Éstos consideran que los gobiernos deberían ser autoritarios, impositivos.

Sin embargo, las principales posturas críticas vienen de quienes ven en los cambios un alto riesgo para el país, porque 30 años son pocos para quienes al amparo del neoliberalismo acrecentaron su riqueza, cobijados por sus partidos se enriquecieron por el camino de la corrupción y para quienes, por cuestiones de ideología, ven atrás de estos cambios los fantasmas del populismo y del socialismo.

A esto se une la reacción esperada de quienes han perdido sus cotos de poder y los militantes de partidos políticos debilitados por la decisión adversa a ellos de un alto número de ciudadanos. Tales son los casos de los partidos Revolucionario Institucional, Acción Nacional y el de la Revolución Democrática.

Muchos de los militantes de estos institutos políticos, sobre todo a nivel municipal, han optado por una oposición irracional que los lleva a buscar el desprestigio de la administración, sea como sea, sin pensar que esto frena el desarrollo de los pueblos.

Sin duda la crítica es buena, todo gobierno debe estar siempre bajo la mirada crítica de los ciudadanos, con base en una premisa fundamental: el beneficio de la sociedad; pero habrá distinguir tres tipos de crítica.

Uno: la crítica destructiva, aquélla que todo lo ve mal y aspira por un retorno al pasado para mantener privilegios.

Dos: la crítica constructiva que valora lo que considera positivo de los cambios, señala lo que considera errores de los gobiernos, pero aporta a solucionar los problemas. Esta crítica siempre será bienvenida.

Tres: la crítica que no solo aporta a la solución, sino que actúa a favor de que el cambio tenga rumbo y aporte a la construcción de un México más justo, más humano, más solidario. Esta crítica asume que todo cambio es un tiempo de riesgos y aporta para que estos riesgos no perjudiquen al país.

 

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