Semana Política / Gabriel Sánchez Andraca

Las elecciones del pasado primero de julio, pusieron en graves aprietos a tres partidos tradicionales de México: PRI, PAN y PRD. Este último, según nos dijeron dos viejos y fieles militantes, tiene grandes retos por delante, pero afirman que sí se podrá llegar a la recuperación, trabajando intensamente en recuperar su línea ideológica, su independencia, su estructura y su organización. El trabajo que espera a los militantes que acepten el reto, es difícil, pero no imposible. Ya veremos.

Por lo que respecta al PRI, su crisis a nivel local y a nivel nacional, es sumamente grave. La peor crisis a que se enfrenta en su ya casi centenaria vida y no se ve como pueda salir de los problemas que lo agobian, pues aunque tiene a gente preparada para ejercer el poder, porque lo ha ejercido desde hace más de 80 años en forma casi total, carece ya de liderazgos.

El PRI de los años treinta, cuarenta o cincuenta, se fue transformando en una maquinaria político-electoral que manejaban a su antojo los integrantes del grupo cúpula, no como un partido político, sino como un enorme negocio que reportaba ganancias políticas, económicas y sociales.

El descontento de la población se hizo patente en el llamado “Movimiento del 68”, que pese al escándalo que se hizo recientemente con motivo del cincuentenario de dicho movimiento, cada día queda más claro, que se trató de un problema interno en el que participaron, como instigadores, miembros de la alta burocracia priísta.

Eso, aunado a las inquietudes surgidas en las grandes universidades del mundo que exigían más libertad y mayores oportunidades, causaron la movilización de grandes masas, principalmente estudiantiles en la ciudad de México, que fueron aprovechadas, para iniciar un movimiento nacional contra el Partido Revolucionario Institucional y sus líderes nacionales y locales.

Y así poco a poco el priísmo tradicional, el heredero del liberalismo mexicano, el de la política social, como bandera heredada de la Revolución Mexicana, se fue desgastando.

Cuando llegaron los años ochenta, ya estaba en México una pléyade de jóvenes doctores egresados de las principales universidades gringas, principalmente de Harvard,  dispuestos a asaltar el poder y acabar con los rescoldos de la Revolución, que según ellos, tanto daño estaban causando al país para alcanzar su pleno desarrollo.

No tardaron mucho en ocupar puestos de alta jerarquía en el aparato gubernamental, pues además de sus títulos los avalaba el hecho de ser muchos de ellos, hijos de altos funcionarios o de ex altos funcionarios priístas.

Se aprovechó que dos sexenios anteriores: el de Echeverría y el de José López Portillo, de corte populista, habían dejado un país endeudado y con grandes expectativas por su riqueza petrolera, para asaltar el poder.

Primero mandaron a don Miguel de la Madrid, como para no espantar y luego llegó el líder del grupo, Carlos Salinas de Gortari, que empezó a desmantelar el sistema revolucionario surgido de la caída del porfiriato.

Cambió el discurso oficial que fue eliminando los nombres de los antes grandes revolucionarios a quienes se debía la modernización del país y ese discurso se enfocó a hablarnos de las leyes del mercado, de inversiones extranjeras, de instalación de industrias (maquiladoras todas) que tenían todo el permiso para violar las leyes laborales y que pagaban sueldos realmente mínimos.

Y que además, nacían y desaparecían con gran facilidad sin liquidar a los trabajadores.

La riqueza se fue concentrando en pocas manos, aumentaron los niveles de pobreza en todas partes y finalmente, un gobierno panista “estalló” la “guerra contra el narcotráfico”, desencadenando la inseguridad y la criminalidad, y provocando mucho temor entre la población civil.

Ya desde Salinas, la clase política priísta había sido despedida y sustituida por postgraduados de universidades extranjeras, que no tenían ni la experiencia del servicio público, ni la sensibilidad social y política para ejercerlo con éxito.

La corrupción ha existido siempre, pero antes del neoliberalismo salinista, se mantenía en límites tolerables. Luego se desató y se volvió incontrolable.

Y así el descontento popular fue aumentando: se eligieron dos gobiernos panistas, que se diferenciaron de los priístas porque demostraron su inexperiencia en ejercer el poder, fueron más obvios en eso de la corrupción e ineficientes para resolver los problemas.

Andrés Manuel López Obrador hablaba en sus campañas presidenciales (luchó dos veces, antes de la definitiva, para llegar a la presidencia) de la necesidad de cambiar al sistema, no solo un cambio de gobierno y eso es lo que está haciendo. Por eso cada medida que toma, causa demasiado revuelo y críticas de los que siempre fueron sus críticos.

En estas condiciones ni PRI, ni PAN y menos el PRD, tienen la posibilidad de resurgir. Deberán pasar por lo menos tres años para ver si realmente no ha habido cambios y entonces la misma gente empezará a buscar otras opciones.

Si para entonces los partidos tradicionales no se han reorganizado, si todavía no agarran la onda de lo que pasó, pues seguirán fuera del gobierno.

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