Gabriel Sánchez Andraca

En los pocos meses que Andrés Manuel López Obrador lleva como presidente electo de México, ha demostrado ser muy sensible a las críticas de la prensa, a la que ha llamado prensa fifí y ha tenido expresiones despectivas para algunos comunicadores de proyección nacional, que han manifestado su desacuerdo con algunas de sus propuestas o con las medidas que piensa implementar para resolver algunos problemas.

Alguien cercano al futuro presidente le ha hecho ver que eso está mal. Que ya no es candidato a la presidencia, sino el presidente electo con una aplastante mayoría de 30 millones de votos, cantidad no lograda por ningún presidente en toda la historia del país y que por lo mismo, debe ser tolerante con la crítica mediática o acabará siendo considerado enemigo de la libertad de expresión, como ya lo son; Nicolás Maduro, presidente de Venezuela; Daniel Ortega, presidente de Nicaragua y Donald Trump, presidente de los Estados Unidos.

Hay una tradición de la izquierda mexicana, de considerar “prensa seria” a los medios de comunicación que elogian todas sus actuaciones, buenas o males y “prensa vendida” a los medios que hacen crítica buena o mala, pero crítica. La izquierda fuera del poder, siempre se ha mostrado intolerante a la crítica y esa intolerancia sube de tono y llega hasta límites inconcebibles, si la izquierda se instala en el poder.

López Obrador, ya ha pedido disculpas por los exabruptos que ha tenido contra los medios o comunicadores que han expresado su opinión respecto a actos o declaraciones que no han gustado a algunos sectores, pero lo malo, es que muchos de sus seguidores, en la capital y en la provincia, enfermos de sarampión izquierdista, suben su intolerancia al máximo y eso sería sumamente grave si no se detiene a tiempo.

En Puebla por ejemplo, los diputados locales de Morena, queriendo aparentar una militancia de izquierda acelerada, que nunca antes han tenido, están amenazando con la desaparición de poderes, que implica, no solo la destitución del Ejecutivo, sino la del Legislativo y la del Judicial, y sin justificar jurídicamente esa medida.

Para decretar la desaparición de poderes, como han dicho, se requiere una decisión del Congreso de la Unión, no del Congreso Local y esa decisión debe ser bien sustentada desde el punto de vista legal. 

Si no hay razones bien fundadas, como la ingobernabilidad, la petición del mayor porcentaje de ayuntamientos por problemas con los poderes estatales, etc., tal amenaza es un mal chiste.

Acusar al gobernador Antonio Gali, de boicotear al Congreso del Estado y por eso amenazar con decretar “la desaparición de Poderes”, es una aberración que se explica, solo porque los señores diputados de Morena, del PT y del PES, son primerizos pero sobre todo, políticos inmaduros, sin experiencia, sin oficio y sin sensibilidad.

Deberían contratar los servicios de la diputada priísta Rocío García Olmedo, para que les dé algunas lecciones de derecho elemental para que entiendan cual es su papel y que es lo que como diputados locales pueden hacer y lo que no pueden hacer. Esas lecciones deben empezar por explicarles que Los poderes del Estado, son tres: el Legislativo, que ellos, los mismos diputados lo constituyen; El Ejecutivo, que es el gobernador y el Judicial, que lo forman los magistrados del Tribunal Superior de Justicia.

Los diputados, que acaban de entrar ¿se van a desaparecer a sí mismos? Solo que se hayan vuelto locos.

Y parece que la locura es un mal endémico en toda la clase política: las cúpulas del PRI, se volvieron locas con tanto poder acumulado a lo largo de los años; el PAN permitió ser infiltrado por políticos completamente ajenos a su ideología y por empresarios políticos que por poco y acaban con él; y el PRD, ni se diga. Nació dividido y está a punto de desaparecer por sus interminables divisiones internas.

La dirigente nacional del PRI, Claudia Ruíz Massiu, dijo en recientes declaraciones a un medio televisivo, que su partido ha sufrido la peor derrota de su historia, pero sigue siendo un partido que gobierna varios estados, que tiene presencia nacional, como tal vez ningún otro, que gobierna numerosos municipios importantes, medianos y pequeños; que tiene diputados en todos los congresos locales, que tiene una bancada muy disminuida en el Congreso federal y en el senado, y que obtuvo 9 millones de votos, que no son poca cosa. Opina que los priístas deben dejar atrás el Siglo XX y convertir a su organización en un partido del siglo XXI. 

 

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