Nicolás Dávila Peralta

Los últimos acontecimientos en la Universidad Nacional Autónoma de México, marcados por la aparición de los grupos de choque, denominados “porros”, saca nuevamente a la luz uno de los problemas que han persistido en las universidades públicas del país.

Los estudiantes de la Máxima Casa de Estudios de México, alzaron su voz en contra de la presencia de estos individuos que bajo la bandera de los universitarios y a la sombra de funcionarios y políticos buscan crear cotos de poder dentro de las universidades.

A fines de agosto y principios de este mes de septiembre, los alumnos de la UNAM sufrieron los ataques de estos vándalos; pero el porrismo es un mal que ha permanecido, a veces oculto, en la UNAM y en otras instituciones públicas. Porros ha habido de todas las corrientes políticas, pero han destacado los que son manejados por la gente en el poder o los de la izquierda radical que se refugian en las universidades para usar a esas instituciones para desahogar su rebeldía al sistema establecido.

En la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el porrismo fue un factor de desestabilización a mediados del siglo pasado, siempre al amparo de los políticos poblanos dispuestos a controlar a la Universidad para sus intereses personales.

Tras el movimiento de Reforma Universitaria, como se llamó a la confrontación de los universitarios liberales en contra de las autoridades universitarias, controladas por los gobiernos avilacamachistas, y del Frente Universitario Anticomunista, la universidad poblana se vio envuelta en un periodo de desestabilización en la que los porros fueron los encargados de la violencia.

Hubo porros en la preparatoria y en las escuelas profesionales, principalmente en Derecho. En las escuelas que controlaron fueron los amos y señores; ellos decidían cuándo había clases y cuándo se suspendían; en muchas carreras controlaban incluso la permanencia de los profesores.

Por más de dos décadas, la Universidad Autónoma de Puebla se vio sometida a los líderes de estas bandas, mismos que, a su vez, obedecían a funcionarios o políticos que, al final de cuentas los premiaban con prebendas económicas o cotos de poder dentro algunos sectores de la sociedad poblana,

El porrismo, en cualesquiera de las universidades donde ponga sus reales, se distingue porque a sus miembros los recluta de una categoría de seudoestudiantes que pasan más de cinco años en una carrera, son los llamados “fósiles”, porque ven pasar una y otra generación y ellos permanecen con su categoría de estudiantes, sin avanzar en los semestres ni sumar créditos a una carrera que jamás ejercerán, porque nunca la concluirán.

A partir de 1991, al superar su última crisis institucional, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla estableció nuevas reglas para el estudiantado: se estableció el examen de admisión como recurso selectivo y se establecieron límites para la permanencia de estudiantes en las licenciaturas, como una forma de evitar el fosilismo.

Además, se reformó la legislación para ofrecer varias opciones de titulación que incluyeron la titulación automática para estudiantes de alto rendimiento; se formaron convenios que permiten a los alumnos a beneficiarse de intercambios con universidades de México y el extranjero, y se estableció un sistema de becas para apoyar a jóvenes de escasos recursos.

Es evidente que estas medidas han desterrado de la BUAP el porrismo; sin embargo, habrá de estar siempre alertas para evitar que esta amenaza regrese nuevamente a la BUAP, como se manifiesta aún en la Universidad Nacional.

Retazos

El viernes pasado murió, a la edad de 79 años, el maestro Manuel Díaz Cid, catedrático y especialista en Ciencias Políticas y de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Nació en 1938, fue uno de los fundadores del Yunque y en 1955 formó parte de los creadores del Frente Universitario Anticomunista. Desde la firmeza de sus convicciones, fue un hombre abierto a la crítica y crítico él mismo de la realidad nacional y del actuar de la derecha en México.

Descanse en paz.

 

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