#PuntodeVista
 
Por: Nicolás Dávila Peralta
 
Tarde y noche de tensión se vivió en México el jueves pasado, por los hechos violentos que se registraron en Culiacán, Sinaloa, donde el cártel de los Guzmán mostró toda su fuerza para frustrar la captura de Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, líder de esa organización y hoy preso en Estados Unidos.
 
Al final, el hijo del narcotraficante fue dejado en libertad.
 
Frente a estos hechos, las opiniones de la prensa, los llamados líderes de opinión, los partidos políticos, los empresarios, así como los usuarios de las redes sociales se dividieron, aun cuando todos coincidieron en que el operativo fue un fracaso.
 
Y es que las fuerzas de la Guardia Nacional, el Ejército y la Policía Ministerial no previeron el nivel de respuesta de los delincuentes, ni la cantidad de sicarios ni la calidad de las armas que portaban.
 
Al conocerse en la noche del jueves la determinación gubernamental de liberar a Ovidio Guzmán, la primera reacción fue, sin duda, de desaliento para unos y de gozo para otros.
 
Desaliento para quienes ya percibíamos un duro golpe al crimen organizado; gozo, para quienes mantienen la pluma en la mano y el micrófono encendido para demostrar que el gobierno actual es un desastre.
 
La mañana del viernes, en su entrevista mañanera, el presidente Andrés Manuel López Obrador salió al paso de todas las opiniones; explicó que la decisión de liberar al hijo de “El Chapo” fue tomada por el Gabinete de Seguridad y aprobada por el mandatario y explicó las razones:
 
“No somos iguales, vamos al cambio por el camino de la concordia.
 
El mal se enfrenta con el bien, esto es distinto, ya no vamos a masacrar al pueblo”, y añadió: “Un dirigente puede poner en riesgo su vida, pero no tiene derecho de poner en riesgo la vida de los demás, tenemos que cuidar la vida de todos los seres humanos, no a la guerra, sí a la paz”.
 
Desde luego, esto no mermó las críticas de quienes aspiran a verlo fracasar. Vivimos un Estado fallido, dijeron unos; se debió haber aplicado la ley con rigor, dijeron otros; el narco mostró que es un poder por arriba del Estado, añadieron otros más.
 
Es innegable que el operativo para capturar a Ovidio Guzmán estuvo mal planeado, así lo reconoció el Secretario de la Defensa.
 
El operativo fue planeado a realizarse en el centro del poder del cartel de Sinaloa, donde concentra la mayor parte de sus hombres y de su armamento; para ello, las autoridades destacaron un total de 30 elementos, sin apoyo aéreo y sin control de las comunicaciones.
 
Los sicarios tuvieron todas las facilidades para comunicarse con sus hombres, movilizar a todas sus fuerzas y convertir a Culiacán en un infierno.
 
El Gabinete de Seguridad reconoció este error y determinó liberar al hijo de “El Chapo”, con la aprobación del Presidente de la República, quien en su conferencia mañanera del viernes explicó las razones de esta decisión.
 
Ante estos hechos que pudieron terminar en una masacre de civiles inocentes, hay que reconocer que el gobierno federal optó por el mal menor: liberar al delincuente para evitar la muerte de gente inocente y el terror de los habitantes de la capital de ese estado.
 
Estos hechos urgen al gobierno a revisar y redefinir su estrategia contra el crimen organizado, conforme a los lineamientos marcados por el titular del Poder Ejecutivo, a fin de cumplir con las aspiraciones de todos los mexicanos de tener un país en paz, libre de violencia.
 
Sin embargo, la decisión tomada por el Gabinete de Seguridad marca una diferencia de fondo con la estrategia iniciada por Felipe Calderón en el año 2006, apenas llegado a la Presidencia de la República, al declarar una guerra contra el narcotráfico que, al final de su sexenio había costado la vida a más de 250 mil personas, entre sicarios, soldados y un alto porcentaje de civiles inocentes que él llamó “daños colaterales”.
 
Hoy en Culiacán quedó claro que el gobierno federal no quiere una guerra y esto significa tener una estrategia clara, eficiente y eficaz que, sin el derramamiento de tanta sangre, como lo fue en los sexenios de Calderón y Peña, cumpla el objetivo de pacificar el país.
 
El reto es mayúsculo; esperamos que tanto el gobierno federal como los gobiernos de los estados tengan la capacidad de enfrentarlo con éxito.
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